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NACIDO DESDE EL BARRO

Por Redacción

El libro ha contribuido de manera fundamental a la difusión y preservación del saber, el conocimiento y los sentimientos de sus autores, a través del espacio y el tiempo, haciendo posible la existencia, sin exclusiones, de todas las civilizaciones. Aunque los primeros libros consistían en grotescas planchas de barro, grabadas a punzón, sin embargo el término "libro", proviene de la expresión latina “líber”, en alusión al material vegetal con el cual se confeccionaban.

Una característica, unida al libro desde sus orígenes, fue la proliferación de imágenes, que servían, en algunos casos, como apoyo o explicación del texto, pero que en otros se constituía en una finalidad puramente estética.

Las primeras culturas que utilizaron el libro fueron los moradores de la Mesopotamia, a orillas del Tigris y el Éufrates. Tiempo después aparecieron los rollos de los egipcios, griegos y romanos, compuestos de papiros, que los escribas se esmeraban en escribirlos al dictado y eran protegidos con una tela especial, a la que era adosada una etiqueta, identificatoria del autor.

Roma, Atenas y hasta Alejandría fueron grandes centros de producción de libros, desde donde se exportaron hacia todo el Mundo Antiguo, hasta principios de la Edad Media. En esta época los monjes asumieron la escritura con fines religiosos o con destino a los gobernantes, estando compuestos de tramos de la Biblia o reproducciones de textos clásicos.

Las portadas de los libros estaban realizadas en madera, reforzadas con piezas de metal y poseían cierres en forma de botones o candados. Muchas de tales portadas eran cubiertas de piel animal y ricamente adornadas con trabajos de orfebrería, ejecutados en oro, plata y piedras preciosas. Por ello los libros eran escasos y costosos. Se confeccionaban por encargo de la porción de la población que sabía leer y que podía afrontar los gastos de su elaboración.

Por su parte, los primeros libros del Lejano Oriente fueron escritos sobre tablillas de bambú, madera o trozos de cáñamo y cortezas. Inicialmente se escribían con plumas o pinceles de junco y luego se envolvían alrededor de cilindros de madera para formar una especie de rollo, para ser posteriormente plegados en forma de acordeón y colocarles portadas hechas de tela o fino papel.

Aunque el más antiguo de los libros conocidos en China, impreso a partir de pequeños bloques de madera con caracteres grabados, data del Siglo IX, existen indicios de textos orientales impresos con ese sistema desde el Siglo VI a.C.

Los chinos crearon en el Siglo XI métodos de impresión mediante bloques móviles. Sin embargo, el gran número de caracteres del idioma (unos 7.000), hizo virtualmente imposible su utilización.

Como consecuencia de los contactos que se tenían con Oriente, también en Europa comenzó la impresión con bloques de madera. Pero el Siglo XV dio nacimiento a dos innovaciones tecnológicas que revolucionaron la producción europea: El papel, cuya fabricación fue asimilada de los pueblos musulmanes (quienes, a su vez, la habían aprendido de los chinos) y los tipos de imprenta móviles de metal que la historia adjudica su invención al alemán Johann Gutenberg, quien publicó en 1456 su primer libro, la Biblia, realizado mediante tal sistema.

Los avances tecnológicos simplificaron la producción, transformando al libro en objeto, accesible a una parte considerable de la población. A partir de la Revolución Industrial, la emisión de libros se convirtió en un proceso de bajo costo, en virtud de aplicar los progresos técnicos al campo editorial. Ello llevó a que en nuestra América Latina se desarrollaran importantes centros productores de libros, en Argentina, Colombia, Cuba, Chile, México y Venezuela.

Los actuales, y cada vez más sofisticados, medios de comunicación le han restado protagonismo cultural al libro, incidiendo en el hábito de la lectura. No obstante, los textos impresos continúan siendo insustituibles en la transmisión de conocimientos, enseñanzas y experiencias. A ello contribuye el hecho de que la búsqueda del saber sigue siendo esa antorcha que permanece encendida desde el pensamiento aristotélico, como lo expresa aquella sentencia, tan cruel como memorable: “Hay la misma diferencia entre un sabio y un ignorante que entre un hombre vivo y un cadáver”.

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